El factor civilizacional e histórico como guía para
el análisis del conflicto EEUU/Israel vs. Irán
SALVADOR
GÓMEZ / La consideración de los antecedentes, y de una consultoría
estratégica del Brookings Institute en 2009, muestra cuáles son los verdaderos
factores en juego en el conflicto, y cómo la opción nuclear es parte de una
perversa lógica que se ha puesto sobre la mesa de modo inédito hasta aquí
PORTADA
Parto aquí de la premisa que
dice que podemos entender mejor lo que pasa si comprendemos que este es un
conflicto de trasfondo civilizatorio. En ese sentido, “civilización” es una
categoría abarcadora, dentro de la cual caben distintos ángulos que a menudo
los analistas despliegan aislados en sí mismos, deformando la lectura. En ese
sentido, el que existe entre los Estados Unidos e Irán no es un
conflicto religioso, ni un conflicto económico, ni un conflicto cultural, ni un
conflicto político. Las cuatro patas recién mencionadas son solamente modos
específicos en los cuales se expresa un problema civilizatorio. La civilización
occidental, en los doscientos largos años de liderazgo anglosajón, ha ido
consolidando un proyecto de hegemonía mundial que es vulgarmente conocido como
“globalismo”.
Estados Unidos, en el caso
actuando como líder de la civilización de Occidente, está reaccionando -hace
décadas ya- a una autopercibida decadencia, al tiempo que nota el crecimiento
de un mundo multicivilizacional, “multipolar”, en el cual la hegemonía militar,
económica, cultural y aun (anti)religiosa de las que disfrutó Occidente en los
últimos siglos están, por decir lo menos, en riesgo.
Por lo anterior, cada vez que se
lee este conflicto -o el conflicto en Ucrania, otra variante de lo mismo- como
el resultado de cuestiones económicas (“esto es por el petróleo” o “esto es
para que China no complete en paz la Ruta de la Seda” o “esto es para que no
haya corredor norte-sur entre Rusia y el Índico vía Irán”, etc.), se tiende
a ignorar el razonamiento estratégico principal. Todos esos factores son
ciertos, pero no alcanzan a explicar por qué Estados Unidos/Israel están
repentinamente tan apurados por apretar el acelerador en Irán. Lo mismo, cuando
los evangelistas norteamericanos (con el embajador Huckabee a la cabeza)
aplauden a Israel haga lo que haga, y difunden la idea de que este conflicto es
algo traído por Dios para dar lugar a la Segunda Venida, haciendo una lectura
peculiar de las Escrituras, están siendo usados por una estrategia de miedo que
ha creado Occidente, de la que estos fanáticos religiosos tienden a ser presa.
Lo mismo puede decirse de los argumentos sobre las relaciones entre los sexos
en Irán -groseramente tergiversadas por método y costumbre en los medios
grandes de Occidente-. Lo mismo de la supuesta intolerancia religiosa de Irán -en
Irán viven, por ejemplo, miles de judíos, con sus sinagogas y comunidades, y
nadie los molesta-, o la supuesta antimodernidad y “atraso” cultural iraní
-cualquiera que quiera verlos puede recurrir a numerosos testimonios públicos donde se constata
que Irán es una sociedad tecnológicamente avanzada y culturalmente vibrante, y
que una parte de la población iraní es más bien prescindente en materia
religiosa y tiene un aspecto totalmente “moderno y occidental”, que a nadie
perturba en Teherán.
En fin, podría seguir el relato, pero la idea me parece que está sugerida: el problema no es nada que Irán haga o diga: el problema es que Irán es un obstáculo al proyecto globalista occidental. Lo es su ubicación estratégica, y lo es la existencia de un crecimiento del peso relativo de Irán, así como lo es, en mayor medida, el de China y Rusia, para las aspiraciones (y los hábitos) occidentales de considerar que el mundo entero les pertenece, y debe portarse como el liderazgo globalista de Occidente suele pensar que debería.
El problema, por supuesto, no es
tampoco las “weapons of mass destruction” iraníes. Irán no tiene, aun, armas
nucleares, lo mismo que Saddam Hussein no las tenía. El mismo manual de prensa
y propaganda que se usó por ejemplo antes de la agresión norteamericana que
destruyó la viabilidad de Irak desde 2003, ha sido usado estas semanas.
Dejemos entonces de lado la
pregunta de por qué, exactamente, Israel sí puede tener un número
indeterminado de armas nucleares clandestinas, e Irán no puede tener ninguna de
modo legal. Es una pregunta infantil, como tantas otras. La respuesta es:
poder. El problema del poder es algo que trasciende por mucha distancia los
problemas de las formas políticas y las ideologías. El problema del poder es,
precisamente, el problema central de las civilizaciones. Quién puede hacer qué.
Quién puede ser soberano, ser su propio juez, y vivir en el mundo de acuerdo
con sus propias creencias y procedimientos.
Occidente, igual que todas las
demás civilizaciones, tiene sus propias creencias, procedimientos, etc. Pero
tiene dos elementos que lo han hecho tremendamente destructivo para las formas
de experiencia de otras civilizaciones: una tecnología normalmente de
vanguardia en varios planos en los últimos siglos, y una concepción
universalista basada en el número y su propio enfoque monoteísta (que comparte
con el mundo islámico, justamente), que lo han hecho obtener formas de
justificación para ignorar el derecho de todas las demás civilizaciones a creer
y vivir de modo distinto a Occidente. Esa es la esencia del globalismo, que hoy
es una ideología fundamentalmente occidental.
Toda la cuestión civilizatoria es la que ha guiado la estrategia de siglos de
Occidente respecto de Asia, y de esa parte peculiarmente clave de Asia que es
Medio Oriente.
2) La historia prefigura con
claridad los sucesos de los últimos días
Primero fue la exploración y
explotación de los recursos de extremo Oriente, llevada adelante por los
portugueses, los holandeses, los ingleses y -en menor medida- los españoles.
Como parte de ello, y como gran
logro de las operaciones de ese gigantesco emprendimiento privado-público
llamado
La Compañía de las Indias
Orientales, la India se vuelve interés central británico. La Compañía de las Indias
Orientales obtuvo su carta real de autorización de la corona británica en 1600,
y desde entonces lideró las operaciones de comercio, aculturación, dominio,
piratería, tráfico de esclavos y pillaje que esa nación organizó en toda la
inmensa región.
Cuando Gran Bretaña se consolidó como principal potencia de Occidente, lo que
insumió una preparación técnica y económica que insumió casi un siglo, y se hizo
evidente luego de la derrota de Napoleón en 1815, comenzaron ciertas
preocupaciones acerca de la seguridad de las rutas a la India y el equilibrio
de poderes en Asia, a la vista del crecimiento de Rusia. Rusia -una
civilización fronteriza, a caballo entre la versión ortodoxa del Cristianismo y
un ancestral componente asiático que luce “salvaje” para Occidente- venía
también creciendo.
Los británicos comenzaron a
nombrar esta lucha como “Great Game” (el Gran Juego), y una parte central de la
estrategia occidental respecto de la geopolítica ha sido, desde entonces, la
preocupación por Rusia, por frenar a Rusia, por dividir y conquistar a Rusia,
por castrarla y quedarse con sus incalculables recursos. Específicamente se
trata, desde que Halford Mackinder lo formulase a comienzos del siglo XX, de
impedir a toda costa cualquier unión estratégica de Europa Occidental (Alemania
sobre todo) con Rusia. Esa unión haría que el comercio por mar -ámbito
controlado por los anglosajones- se volviese irrelevante, al conectar por
tierra toda Eurasia. Eso -conectar por tierra toda Eurasia para favorecer el
comercio independiente del control anglosajón- es exactamente la estrategia
principal de China, de Rusia, y de sus aliados principales. Es la estrategia
alternativa al globalismo, que preserva distintos núcleos de poder coexistiendo
en base al comercio y una creciente posibilidad de cooperación.
Israel ha nacido como parte del
Great Game, como parte de las múltiples maniobras británicas por asegurar un
conjunto de naciones en Medio Oriente que le fuesen sumisas y colaborativas, en
el mejor de los casos, o sometidas por la fuerza en los demás.
Se podría decir que, al día de
hoy, Irán es el único país relevante, dentro de la civilización musulmana, que
está fuera del control anglosajón en la región.
Arabia Saudita es desde su
origen mismo en 1924 un estado vasallo (la Casa de Saúd fue directamente
elegida por los británicos entonces, e impulsada al poder para unir el
territorio bajo su mando).
Irak, Afganistán, Siria, han
sido convertidos en estados fallidos por la intervención anglo -pues obviamente
Estados Unidos ha tomado desde mediados del siglo XX la posta de Gran Bretaña
como ejecutor del mismo tipo de liderazgo occidental-.
Egipto, que tuvo un período de
fuerte resistencia nacionalista bajo Gamal Abdel Nasser, ha sido sometido y
funciona mayormente bajo control occidental, pese a que existan naturalmente
bolsones de resistencia y visiones alternativas a su interior.
Irán es el único estado
importante de la región que ha logrado recuperar una postura soberana, al sacar
del poder al Sha y su familia, que reinó como títere de Londres durante
décadas, hasta 1979. E Irán es también el único que ha logrado mantener
luego esa relativa independencia. Esa postura soberana ante Estados Unidos e
Inglaterra fue también mantenida por Egipto, por Libia, y por Siria, durante
algún tiempo, pero los tres, de distintos modos y en distintos momentos, han
logrado ser o bien contenidos, o bien convertidos en estados fallidos por los
norteamericanos y sus aliados. Su autonomía es el pecado fundamental de
Irán. Y eso explica casi todo lo estratégico.
3) El “camino a Persia”
como nudo del control mundial del globalismo
El poder occidental bajo liderazgo angloparlante no puede tolerar la existencia
de un estado soberano en Medio Oriente, pues. Esto le impide desplegar con
libertad sus deseos respecto del control de un área rica en energía, clave en
comunicaciones, y que sirve de involuntario escudo a Rusia -con la que, como
era de esperar en este esquema, Irán se ha vuelto cada vez más aliado.
Además, Irán es ahora un componente clave de la mencionada Ruta de la Seda -el
esquema de infraestructura comercial y de comunicaciones de China. Si
Washington y Londres quieren seguir su esquema globalista de dominio,
impidiendo un mundo realmente multicivilizacional, entonces tienen que acabar
con Irán. Para ello, deben convertirlo en un estado vasallo consiguiendo que
haya un cambio de régimen, o al menos convertirlo en un manojo disfuncional de
caos y fragmentación, como han hecho con Libia, Afganistán o Irak.
4) La estrategia está publicada
Todo esto no es una
interpretación original: es lo que surge de los trabajos de asesoramiento
estratégico que los principales think-tanks que elaboran la
política exterior norteamericana han publicado. Así como en su momento se
estudiaron los informes de asesoría que claramente explicaban las razones detrás de la guerra en
Ucrania, en este caso es ilustrativo buscar los informes equivalentes que
expliquen la estrategia norteamericana. Los autores y el gobierno saben que es
muy escasa la gente que se tomará el trabajo de leerlos.
La aproximación de Estados Unidos a Medio Oriente tuvo un cambio de rumbo luego
de que las operaciones de desestabilización llevadas adelante en Afganistán e
Irak hubiesen dado lugar a un fuerte sentimiento de fallo en la propia
población norteamericana. Fue solo en 2009, luego de que Obama reemplazase a
George Bush hijo y su fracción de la camarilla neocon en la
Casa Blanca, que el Brookings Institute, para tomar un ejemplo egregio, produjo
su paper llamado
“¿Qué camino hacia Persia?
Opciones para una nueva Estrategia norteamericana respecto de Irán“. El Brookings Institute es uno
de los think-tanks más influyentes en Estados Unidos. Según su reporte de actividades del
último año,
su financiación viene de donantes privados, entre ellos un número importante de
los más conocidos impulsores de las políticas globalistas del deep state
norteamericano, como Google.org, la Bill & Melinda Gates, la Open Society
Foundations, Ford Foundation, Carnegie Foundation, los NIH, Qualcomm, Pierre
Omidyar, y una larguísima lista de entidades semejantes, que inevitablemente
dicen en sus autodescripciones ser organizaciones filantrópicas que trabajan
para mejorar la vida de la humanidad, especialmente los más necesitados,
pero que financian guerras y revoluciones.
En este caso, este informe de
planificación de política exterior respecto de Irán ha emergido del Saban
Center for Middle East Policy (parte del Brookings, fundado originalmente
gracias a una generosa donación de una de las figuras judío norteamericanas más
notorias, y uno de los hombres más ricos del país, el inversor, magnate
mediático y productor Haim Saban).
El informe fue solicitado por la
Fuerza Aérea, en este caso, y vio la luz en Junio de 2009. Su lectura es al
mismo tiempo iluminadora y repulsiva. Su índice puede dar idea de cuáles son
las opciones -de muerte y destrucción- que sus autores se empeñan en discutir
“con objetividad absoluta”- como advierten al comienzo.
Veamos el índice:
“Introducción
El
problema con Teherán: Opciones políticas de EE. UU. hacia Irán . . 1
Parte
I Disuadir a Teherán: Las opciones diplomáticas … 21
Capítulo
1: Una oferta que Irán no debería rechazar: la persuasión . . 23
Capítulo
2: Tentando a Teherán: la opción del compromiso . . . 42
Parte
II Desarmar a Teherán: las opciones militares . . 61
Capítulo
3: Llegar hasta el final: invasión. . . . 63
Capítulo
4: La opción Osiraq: Ataques aéreos . . . 74
Capítulo
5: Dejárselo a Bibi: Permitir o fomentar un ataque militar israelí.. 89
Parte
III Derrocar a Teherán: cambio de régimen. . 101
Capítulo
6: La Revolución de Terciopelo: Apoyo a un levantamiento popular. 103
Capítulo
7: Inspirar una insurgencia: Apoyo a las minorías iraníes y a los grupos de
oposición .113
Capítulo
8: El golpe de Estado: apoyo a una acción militar contra el régimen
Parte IV Disuadir a Teherán: contención . . . .129
Capítulo
9: Aceptar lo inaceptable: contención .. . 131
Conclusión
Elaboración
de una política integrada hacia Irán: conectar las opciones . 145
Como cualquiera ve incluso solo
leyendo el índice y sin molestarse con el resto, allá en 2009 este paper sirvió
como uno de los insumos de diseño de una política estratégica cuyas tres
opciones (disuadir, desarmar, o derrocar a Irán) implicaban una activa
determinación de eliminar a Irán como actor soberano e independiente en la
región. Esto no sorprenderá a nadie, desde luego, como tampoco sorprenderá
constatar que las administraciones norteamericanas desde entonces
(especialmente la de Obama) intentaron aplicar la opción disuasiva sobre las
otras, mientras que Trump -tanto en su primera presidencia como en la segunda-
se ha mostrado, al menos verbalmente, más inclinado a las opciones más
confrontativas.
Como el documento mismo lo dice en su página 73, las opciones tienen en cuenta
fuertemente el impacto en materia de legitimidad del poder norteamericano a
ojos del mundo. Los redactores lo expresan así, al exponer los tremendos
problemas de una invasión directa: “Una invasión de Irán tiene el potencial
de dañar los intereses estratégicos a largo plazo de Estados Unidos. Tal
invasión podría redefinir la posición de Estados Unidos en el orden
internacional de una manera particularmente perjudicial. […] Podría
resolver el debate sobre si Estados Unidos es una potencia imperial agresiva y
unilateralista o una potencia hegemónica mayoritariamente benigna y singularmente
altruista.”
Efectivamente, durante décadas parte del público occidental -ni qué hablar el
público norteamericano- consideró que los Estados Unidos eran esa “potencia
hegemónica mayoritariamente benigna y singularmente altruista”. Creo
que salvo un grupo muy ideologizado en la elite, mayor de sesenta o setenta
años, esa creencia se ha disuelto en las sociedades occidentales. Esa actitud
de “hegemón bueno” es más posible cuando una civilización está en buen estado
de salud, que cuando ha entrado en decadencia y los argumentos sobre la
legitimidad de ese poder no se sostienen más. Eso es lo que acaso está pasando
en las últimas décadas. Y el fanático rechazo del poder de Occidente a asumir
este hecho es lo que ha llevado a este tipo de estrategias de agresión cada vez
más obvias y deliberadas. En la misma línea, si Israel y sus políticas han sido
criticadas desde el comienzo mismo de ese estado, la legitimidad y prestigio de
Israel está hoy, y muy justificadamente, en su peor mínimo. Y no es probable que
mejore. Eso hace más vulnerable a Israel, desde luego, con independencia de
ventajas tácticas que Israel y quienes lo asesoran estiman tener en este
momento, luego de haber dañado significativamente, en los últimos dos años, a
Hamas, Hezbollah, y Siria, los principales aliados de Irán en la región. Y un
Israel más vulnerable, estando como está gobernado por fanáticos, es un Israel
más peligroso.
Dejando de lado las consideraciones generales, si uno va más profundo en el
documento que he referido arriba, se comienza a ver una especie de manual de
todo lo que está ocurriendo en la prensa sistémica occidental.
Tómese por ejemplo el capítulo
5, intitulado -no sin cierto humor negro- “Leave it to Bibi” -es decir,
“Déjenselo a Bibi (Netanyahu)”-. ¿Qué se propone allí? Se propone que, en lugar
de asumir EEUU directamente ante el mundo la responsabilidad de un ataque a las
instalaciones nucleares de Irán, se permita que sea Israel el que lo lleve a
cabo.
Y, en general, el documento no favorece esta opción, considerando que Israel
tendría solo “una chance” de conseguir dar un golpe fuerte a ese programa
nuclear, y que nadie creería que Estados Unidos no había autorizado a Tel
Aviv.
Los Estados Unidos, pues, sea
que fueron obligados por una decisión unilateral de Israel a verse en la
situación de acelerar el conflicto, o porque estratégicamente decidieron ellos
mismos dar luz verde a Netanyahu a sabiendas que esto posibilitaría su propia
intervención luego, han activado exactamente la opción del capítulo 4, tal como
allí está descrita. Ese capítulo se llama “La opción Osiraq. Ataques aéreos”.
Este capítulo desarrolla más
claramente la opción que hemos visto parcialmente desplegada el sábado 21 de
junio por la noche: un ataque aéreo norteamericano a las instalaciones
nucleares iraníes. Para empezar, aun alegando ciertas advertencias del Consejo
de Seguridad de la ONU respecto al enriquecimiento de uranio por los iraníes,
los autores mismos reconocen que el derecho no los ampara: “Reconocemos que
aún no existe una base jurídica suficiente para tal ataque, ya que las
resoluciones promulgadas hasta ahora excluyen específicamente el uso de la
fuerza por parte de otros Estados miembros para obligar a Irán a cumplir las
exigencias del Consejo de Seguridad. Por consiguiente, si el Gobierno de los
Estados Unidos decidiera seguir este curso de acción, tendría que establecer
una base jurídica más sólida para sus acciones a fin de cumplir los requisitos
legales de los Estados Unidos antes de poder hacerlo.” Esto era afirmado
hace 16 años, y no había cambiado sustancialmente hasta junio. Nunca el OIEA
había condenado a Irán, ni lo había acusado -ni lo ha hecho tampoco esta vez-
de tener un programa clandestino de armamento nuclear.
La justificación jurídica sigue
no existiendo, pero en este caso a Estados Unidos ya no le importa fingir
legalidad. No existe programa nuclear bélico iraní, según el OIEA. Pero no
importa. Y si bien un ataque directo solo “podría retrasar el programa
nuclear iraní durante algunos años“, esta solución ya era estudiada y
planificada con cuidado en 2009.
Puede afirmarse que el documento
está obsoleto en varios sentidos, pero no lo está en el sentido estratégico
fundamental. Lo que está obsoleto es la tecnología militar considerada.
Israel ha agregado aviones F-35 a su flota aérea, por ejemplo; Irán, por su
parte, ha agregado un arsenal de drones y misiles totalmente nuevo respecto de
2009. También el peso de Irán en la región ha crecido.
El documento decía entonces que
“Estados Unidos podría sin duda destruir gran parte del ejército
convencional iraní, lo que llevaría mucho tiempo reemplazar, pero las fuerzas
convencionales de Irán son tan débiles que tienen poco valor geopolítico, por
lo que destruirlas tendría poco impacto en las posiciones estadounidenses o
iraníes en Oriente Medio y el suroeste asiático.” También el documento
confiaba demasiado en la defensa antiaérea israelí, se detenía demasiado en los
problemas políticos y logísticos de sobrevolar Irak o Jordania, o Líbano o
Siria, y en las consecuencias para la imagen de EEUU e Israel. Todas esas
consideraciones son obsoletas hoy que Siria e Irak han sido arrasados
previamente con el fin de aislar a Irán, y que el carácter agresivo y
unilateral de las políticas de EEUU e Israel están totalmente a la vista hasta
para el observador más desprevenido.
El documento también
argumentaba, y tal parece correctamente, que las campañas meramente aéreas no
pueden alcanzar los objetivos buscados. «En pocas palabras, no parece
que el régimen iraní sea susceptible de sucumbir al tipo de presión que ejerce
el poder aéreo coercitivo, y las campañas aéreas coercitivas son notoriamente
ineficaces a la hora de obligar al país objetivo a hacer lo que el país
atacante desea». Esta constatación ha sido repetida estos días por
analistas de mucho peso, como el profesor John Mearsheimer, que ha recordado
que jamás una agresión conducida desde el aire (es decir, sin invasión del
territorio por tierra) ha conducido a un cambio de régimen. Al contrario,
tiende a fortalecer la unidad del país agredido en torno a su gobierno.
Mientras se intenta impedir que
Irán se convierta en actor nuclear, Israel es un poder nuclear de importancia. Allá por 2009 se afirmaba: “El
Instituto Internacional de Estudios Estratégicos estimó en 2008 que Israel
tiene el sexto arsenal nuclear más grande del mundo, justo detrás de las cinco
potencias nucleares originales, pero por delante de India y Pakistán. Los
israelíes probablemente tienen alrededor de 100 dispositivos nucleares y pueden
lanzarlos mediante aviones (F-15 I), misiles tierra-tierra (Jericho) y misiles
de crucero lanzados desde submarinos“
Un elemento importante en la
evaluación que hace el reporte que estamos leyendo era prever las posibles
respuestas iraníes. Se estudia en ese sentido la posibilidad de que Irán
responda bombardeando bases norteamericanas en la región, o actuando sobre el
comercio mundial de hidrocarburos al cerrar el estrecho de Hormuz, o con actos
guerrilleros en distintos lugares del mundo. Pero los autores del documento
creen que Israel tiene un sistema de defensa antimisiles muy capaz, y no
parecen haber previsto una respuesta masiva de Irán que realmente pudiese dañar
a Israel. “Estados Unidos ya ha estado profundamente involucrado en la
construcción de la defensa de Israel contra un ataque con misiles iraníes.
Durante casi dos décadas, el Pentágono ha estado trabajando en estrecha
colaboración con Israel para perfeccionar el sistema antimisiles balísticos
tácticos Arrow. Los dos países han compartido una amplia tecnología para los
sistemas antimisiles balísticos tácticos, incluida la integración de Israel en
los sistemas de radar de alerta temprana más avanzados de Estados Unidos para
proporcionar la alerta más temprana posible de un ataque inminente. Esta
cooperación defensiva debe continuar y mejorarse.“
Los autores del documento
parecían, pues, confiados en que la situación que hemos visto (un ataque
continuo de misiles iraníes sobre Israel que no pueden ser interceptados de
modo significativo) no podría haber ocurrido, debido a que la fuerza nuclear de
Israel habría servido de disuasivo.
Aquí es donde nuestro análisis debe detenerse para mostrar la terrible
disyuntiva que se ha abierto con la agresión israelí del 13 de junio. ¿Es
que Israel/estado profundo norteamericano calculó tan mal las consecuencias de
su ataque del 13 junio, o es que lo ha lanzado a propósito para, de una manera
u otra, justificar una escalada que lo lleve al uso de su propia fuerza nuclear
para acabar de una vez por todas con Irán -incluyendo no solo objetivos
militares, sino a la parte que sea de su población civil? Esta es la verdadera
pregunta que está sobre la mesa, aun durante este seguramente frágil cese
al fuego. Es probable que el poder disuasivo de Rusia, China, o el propio
Irán si desarrolla su propio arsenal nuclear, sea la única respuesta a esta
pregunta que no ponga a la región -y acaso al mundo- al borde de una
destrucción incalculable.
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